UNA CENA PARA EL RECUERDO

Imagine que usted y su familia deciden salir a comer a un restorán y pasar un buen rato.  Imagine que es para la cena, pues así tiene más tiempo de compartir sin la necesidad de salir corriendo de regreso al trabajo. Todos lo hemos hecho alguna vez; es una ocasión memorable, ¿a que sí?  Esta ocasión es todavía más significativa porque su trabajo no le ha permitido reunirse con su familia desde hace buen tiempo y por lo tanto deciden ir a un restorán de pomada, como se dice.  Un restorán de esos que sus amigos le han contado que es fenomenal.  Gozosos, usted y su familia -sus padres, un par de hermanos con sus parejas y sus hijos- se reúnen previamente para ir todos juntos.  ¡Una velada estupenda!

Ya en el lugar, de esos que tienen guardarropa en donde uno deja su abrigo y eso, el capitán  los conduce inmediatamente a su mesa y les toma la orden de bebidas.  Usted tal vez pide un su güisqui o un aperitivo; su mamá una copa de vino blanco, etc.  Mientras llegan las bebidas, parlotean un rato y ya con bebidas en mano, hacen un brindis por la familia.  A la mesa la colma una sensación de calidez, de familia.

En eso, se acerca un mesero y le indica que el dueño del establecimiento le desea hablar; sorprendido, pero sin razón alguna para alarmarse, se levanta y sigue al mesero a donde se encuentra el propietario quien sin más le pide que usted y su familia se retiren porque no les servirán.  A modo de razón -explicación- le dice que él -o ella- y buena parte de su staff se oponen a las políticas del gobierno del cual es usted parte.  Acá es oportuno aclarar para su tranquilidad, que si bien usted es parte del gobierno -un gobierno que ganó las elecciones limpiamente, que actualmente goza de buen apoyo popular pero que como todo gobierno tiene detractores y opositores- usted en lo personal no ha sido señalado de ningún acto de corrupción, ninguna actividad reñida con la Ley y simplemente se ha dedicado a cumplir la función para la que fue designado. 

Así, usted, un funcionario limpio, probo, pero miembro visible de un gobierno que es duramente criticado -asumamos que con razón- por sus prácticas y políticas, que por cierto también, no usted no tiene nada que ver con dichas políticas, pues su función es meramente de comunicación y asesoría, es echado del establecimiento y tiene que regresar, como si colgase al cuello una letra escarlata, a decirle a su familia la triste noticia.  Resignados, todos se levantan y se van a comer -probablemente- a un lugar de comida rápida porque el lindo ambiente que había en la mesa se fue al traste.  Ni modo, así pasa.

La historia no es ficticia.  Para los que no sepan todavía, lo anterior le ocurrió a Sarah  Huckabee, Secretaria de Prensa de la Casa Blanca.  A ella y su familia los echaron de un restorán que se encuentra a más de una hora de distancia de Washington llamado The Red Hen (la gallina colorada, para latinizarlo un poco).

Realmente, cómo se hubiese sentido usted -y su familia- o cómo se sintió la Secretaria  Huckabee y su familia, para efectos de este escrito, vale un carajo.  Si bien uno puede imaginarse que fue una experiencia muy desagradable, nada tiene de importancia en el gran esquema de las cosas. Lo que merece discusión y análisis es el derecho -o no- del propietario de un establecimiento de rehusar servicio a una persona o grupo simplemente por diferencias de opinión en temas políticos. En este caso en particular, el rechazo fue por las políticas -para ese entonces ya revertidas, por cierto- de la administración Trump de separar a los menores de sus padres al momento de ser capturados por ingresar ilegalmente -irregularmente, dicen algunos- al territorio gringo.  Las causas de esa migración han sido ampliamente discutidas, el hecho es que cientos de miles de centroamericanos hacen el hijueputa viaje por el territorio mexicano para alcanzar la frontera gringa y tratar de burlar a la cada vez más implacable policía federal migratoria y poder ganarse la vida en “la tierra de las oportunidades”.  La realidad es muy, pero muy distinta.  El drama humano que es la separación de los menores del lado de sus padres, sin saber el uno el paradero del otro tuvo tanto rechazo en todo el mundo ¡hasta de muchos republicanos! que The Donald se vio forzado a emitir una orden ejecutiva en la que deja sin efecto la aplicación de la Ley que ordena aquella separación.  Como era de esperarse, los demócratas (Dems) y los republicanos (GOPers) se tiraban la chibolita y se culpaban unos a otros del trato inhumano que ese país le da a los migrantes y en especial a los menores; la política es la política aquí, allá y en la China.  Bueno, en la China no porque allí Xi manda sin oposición alguna, pero ustedes me entienden. Estoy seguro de que Trump se tomó una dosis extra de antiácido ese día, porque lo de él no es dar marcha atrás en sus decisiones.  Pero divago…

¿Puede un establecimiento rehusar servicio a alguien solo por tener diferencias de opinión o rechazar el estilo de vida o escogencias de un cliente?  Tan ridícula -pero tan importante- cuestión ya ha sido conocida incluso por la Suprema Corte de los Estados Unidos de América cuando conoció y resolvió acerca de si un pastelero en Colorado tenía derecho o no ¡imagínese usté! de rechazar hacer un pastel de bodas para una pareja gay. 

El fallo de la Suprema Corte zanjó ese problema, pero contrario a lo que normalmente hace dicha corte, no dejó mucho material para dilucidar casos similares en el futuro.

En el caso del pastelero tooooodos los izquierdosos (bleeding hearts, en ingles) pegaron el grito en el cielo porque cómo iba a ser posible que, argumentando razones religiosas -el pastelero es cristiano y fiel a su creencia, desaprueba el matrimonio gay- rechazase hacer un pastel para una boda, cuando esa es su función.  Gritaron discriminación.  El caso llegó a la Suprema y esta falló en contra de la pretensión de la pareja gay y de todos los grupos que los apoyaron.  Los detalles del fallo son bastante peculiares, pero en síntesis sostiene que la comisión anti discriminación del estado de Colorado -que originalmente había condenado al pastelero- lo discriminó porque le dio “prioridad” a la preferencia gay de los clientes y no a la creencia religiosa del pastelero.  Los activistas pro derechos gay, demócratas -aunque los políticos profesionales en aquella nación rara vez cuestionan directamente fallos de la Suprema- y todos los anti derecha, se rasgaron las vestiduras y la derecha -que allá es conservadora- aplaudió el fallo como trascendental.  Ahora, con la “echada” de  Huckabee, es justamente al revés.  La derecha conservadora grita discriminación, mientras la izquierda activista aplaude ese acto de “dignidad”.

Sin pretender elevar a los altares de la tuitosfera, como si fuese la etiqueta de pacto de corruptos o; pistocracia; menos aún el: estamos como estamos, porque somos como somos; creo que mi frase de: cada uno tiene sus favoritos viene como anillo al dedo.  Dependiendo en qué lado de la noticia esté uno, así la alaba o la condena.  Es naturaleza humana. 

Sin embargo, de un tiempo para acá nos hemos “tribalizado” cada vez más.  En lugar de fijarnos en todo lo que nos une o puede unirnos, nos sentimos más cómodos quedándonos en el pequeño espacio que nos provee la identificación plena.   Solo nos relacionamos con quienes fueron a la misma escuela, viven en las mismas zonas, hablan de lo mismo, pasan las mismas penas, piensan igual… la tribu, pues.  Ya ni siquiera somos aldea -ya no digamos global- sino pinche tribu, tal vez hasta clan.

En Guatemala no somos ajenos al rechazo de servicio por exclusión.  Notablemente está el caso de una mujer indígena a quien se le impidió el ingreso a un establecimiento de expendio de bebidas alcohólicas.  Los detalles del caso escapan a mi memoria, pero recuerdo que ella verista su indumentaria regional y al parecer eso fue motivo para que la estúpida seguridad del lugar le impidiera el ingreso.  El caso se judicializó ¿cómo no? y el resto es historia. 

Hay una gran diferencia entre lo que sucedió allá tanto con el pastel en el restorán de la gallina colorada y lo que acá pasó: se llama legislación.  Allá rigen otras normas y se aplican otras reglas y de distinto modo que acá.  Procuraré no aburrirlos con mi breve análisis jurídico, pero me tendrán que aguantar al citar un par de normas atinentes. 

El artículo 361 del Código de Comercio -cuyo acápite es: prohibición de monopolios- dice textualmente: “Todas las empresas tienen la obligación del contratar con cualquiera que solicite los productos o servicios que prestan, observando igualdad de trato entre las diversas categorías de consumidores”.  Si yo solicito un bien o servicio a una empresa, ésta, de acuerdo con la norma que antecede, debe provéele, ¿no?  Pues no necesariamente.  En el mismo Código de Comercio, el artículo 681 dice que “nadie está obligado a contratar, sino cuando el rehusarse constituya un acto ilícito o un abuso de derecho”.  ¿Entonces hay o no obligación de contratar o hay o nadie está obligado a hacerlo? Tales normas han sido analizadas a la luz del artículo 130 constitucional que prohíbe los monopolios -si pues- y ofrece un marco dentro del cual encajan las normas de comercio antes citadas. 

¡Ah, pero allí no queda la cosa! El artículo 202 bis del Código Penal -ahora si nos metimos a cosas serias- regula y castiga la discriminación de esta manera: “Se entenderá como discriminación toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de género, raza, etnia, idioma, edad, religión, situación económica, enfermedad, discapacidad, estado civil, o en cualesquiera otro motivo, razón o circunstancia, que impidiere o dificultare a una persona, grupo de personas o asociaciones, el ejercicio de un derecho legalmente establecido incluyendo el derecho consuetudinario o costumbre, de conformidad con la Constitución Política de la República y los Tratados Internacionales en materia de derechos humanos”.  De allí, el artículo impone penas que se agravan según el “tipo” de discriminación, sea esta por razón de etnia, por ejemplo.  Es decir, hay discriminaciones más graves que otras.  ¡Vaya usté a saber!

Entonces, si por ejemplo acá se diese un asunto como el del restorán de la gallina colorada, muy bien podría demandar la Secretaria Huckabee al establecimiento por discriminación.  Seguro ganaría, siempre y cuando ella no fuese conservadora.  Sin ánimo de controversia sino basándome solamente en evidencias, en datos estadísticos, en antecedentes -en datos, no opiniones, pues- al parecer, está bien discriminar siempre y cuando sea en contra de un cochino conservador, capitalista, etc. Allá y acá.  Los antecedentes están allí, le duela a quien le duela. 

Finalmente llegamos a donde quería llegar.  El camino fue largo, pero era necesario para poder darle a usted, mi lector, el contexto.

Según la narrativa preponderante -y que nos quieren imponer a puro huevo- está mal, muy mal, rehusar servicio a alguien por ser gay o por llevar su traje indígena, pero está bien echar de un restorán a alguien porque su jefe es un impresentable.  ¿Qué tal? Le pregunto algo: ¿Cuándo fue la última vez que usted vio que un hombre blanco, heterosexual, de clase media, citadino haya conseguido exitosamente espacio en los medios para denunciar actos que le conculquen sus derechos humanos y que haya conseguido también el apoyo popular y la empatía de la multitud?  Me atrevo a responder: hace mucho. 

No pretendo tampoco tapar el sol con un dedo; durante mucho, mucho tiempo -y todavía aún- muchos -no todos- hombres blancos, y especialmente los europeos, sojuzgaron a otros de otras regiones sobre todo si eran de tez negra -o cafecita- ya no digamos si eran mujeres.  En mi opinión, no se ha difundido ni siquiera por asomo las barbaridades que cometió la corona belga en el África, por ejemplo; casi ni se difunde por estos lares las matanzas de indefensos cetáceos que cometen los daneses en las islas Faroe -pero si se sacan las matanzas que hacen los orientales- y es necesario que se difundan adecuadamente esos atropellos, los de los orientales y los de los europeos.  Culpa hay para tirar pa’rriba.  Muchos hombres blancos -sobre todo europeos, insisto- han sido unos grandes cabrones durante gran parte de la historia, eso que ni qué.  ¿Pero yo qué culpa tengo de lo que hayan hecho una bola de hijosdeputa que vivieron mucho antes que yo, por ejemplo? 

Lo mismo se aplica a las tendencias y a las ideologías.  En Guatemala, por ejemplo, que ha predominado el conservadurismo retrógrado y que en su defensa se han hecho barbaridades y cometido abusos, no se “compensa” con cometer abusos en contra de los conservadores, por ejemplo. 

Pase el caso a Gringolandia y vea cómo no hacer un pastel a una pareja gay no se “compensa” con echar de un restorán a la vocera de un régimen conservador.  Seguir discutiendo variaciones de ello es fútil.  Es la quintaescencia de la discusión bizantina.

En mi opinión -no digo humilde, porque sería falsa modestia- tanto el pastelero, como la dueña de la gallina colorada, así como el dueño del chupadero donde no dejaron entrar a la activista acá en Guatemala, y todos los demás casos que puedan darse, tienen todo el derecho de rechazar servicio por la razón que les plazca.  Eso se llama libertad.  Salvo, por supuesto, los sagrados impuestos, nadie debiese tener obligación de hacer nada que no quiera.  Nadie tiene la obligación de servir comida o bebida a quien no quiera.  ¿Y sabe que?  Tanto la pareja gay, como la vocera de Trump y la activista del caso local tienen la amplísima oportunidad de ir a otro lugar a conseguir que les presten el servicio que otro no quiso.  No es como que fuese el único pastelero, el único restorán de gallina colorada o el único chupadero al que todos ellos pudiesen haber ido.  No, eso solo ocurriría en regímenes comunistas donde no hay libertad para elegir (perdón, no lo pude resistir).

El trago fue amargo para todos los individuos antes mencionados que pasaron el rechazo de servicio en los lugares que los rehusaron, si, pero no se acabó el mundo y pudieron ir a otro que si les sirviera.  Nadie tiene derecho a obligar a otro a servirle, punto.

Estoy seguro de que la Secretaria  Huckabee tuvo una cena para el recuerdo, recuerdo de un lugar en que le rechazaron servicio por que su jefe es impresentable y ella tuvo el “mal tino” de querer trabajar en lo que ella quiere y así ganar dinero, pero de allí no pasó.  Ella y su familia comieron en otro lado y punto.  A otra cosa, mariposa. 

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4 Comments

  1. Totalmente de acuerdo nadie está en la obligación de hacer nada. total vivimos en un país de Libre Mercado

  2. ¡Que difícil! Pero si pongo un negocio, yo debiera tener la libertad de atender (o no) a quien se me diera la gana: se llama libre empresa/libre mercado: Solo porque si, sin tener que dar explicación alguna, para no caer en ninguna de las consideraciones constitucionales o peor aún, penales. “Disculpe, no se le atiende porque no se me da la gana”. Punto.
    Ese artículo 361 del código de comercio claramente atenta contra mi libertad individual.
    Mi abogado lo resolvió fácilmente: me aconsejó colgar en sala de espera un cuadro muy visible que dice “Se reserva el derecho de atención” y así pude deshacerme de pacientes impertinentes, hasta ahora sin reclamos. (dedos cruzados).
    Saludos, y que bueno seguir los pasos de José Alfredo.

  3. Bueno…. Con mi dinero y observando un personal buen comportamiento, puedo concederme el gusto de ir a donde me plazca… se llama a eso: LIBERTAD?

    1. Ehh, no entiendo tu pregunta muy bien que digamos. Pero, si la pregunta es que si con mi dinero puedo ir a donde me plazca, si, eso es libertad. Sin embargo, el dueño de un establecimiento tiene también libertad de aceptar o no servirle a alguien. Así de simple.

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