LO QUE VIENE (O LO QUE SE VE VENIR)

Hoy empieza la segunda semana completa de este año 2021 que todos esperamos que sea mucho mejor que el anterior, por lo menos en cuanto a salud y a economía; en política nada está dicho y este podría ser igual o peor que el anterior, pero tratemos de ser optimistas.

Por supuesto, se debe hablar en términos generales, porque en lo individual a cada quién le fue distinto; siguiendo la tónica del presidente Giammattei y su alusión a Harry Potter, podríamos denominar al 2020 simplemente “el innombrable”.

A algunos nos fue horriblemente mal en lo económico, pero, en contraste, mi familia y yo no nos contagiamos -y si nos contagiamos, nunca nos enteramos- y gozamos de una muy buena salud, comparando con los miles de guatemaltecos que se enfermaron y la pasaron mal y no digamos con los más de 5 mil fallecidos, de acuerdo con las cifras oficiales.  Así que, aunque me quejo -con razón- de mi mala situación económica, estoy seguro de que habrá quienes la sortearon bien y hasta acrecentaron su patrimonio -ni hablar de las personas más acaudaladas del mundo que vieron crecer su fortuna durante la pandemia en aproximadamente en 1 trillón de dólares- pero algunos seguramente hubieran preferido no estar tan cómodos económicamente pero no haber perdido a familiares por causa del méndigo virus.  Como país, Guatemala no se vio tan afectada en la economía, hablando en términos del PIB en comparación con otros países, aunque en salud no nos fue tan bien, porque por alguna razón (inserte acá su especulación) la tasa de mortalidad en Guatemala se ha mantenido por encima de la del resto de países de la región.  

Así, cada quién tuvo su historia trágica del 2020 y con seguridad, como yo, espera que este año sea mucho mejor.  Que así sea.

Pero una cosa son los deseos y otra muy distinta las posibilidades que dependen de las condiciones con las que entramos a este año. A nivel nacional, es imperativa la reactivación de la economía, claro está, pero depende de lo que ocurra alrededor del mundo y, en particular, con lo que ocurrirá a partir del 20 de este mes en Estados Unidos con la toma de posesión de Joe Biden como presidente y el dominio demócrata de ambas cámaras del congreso. 

No se requiere ser un insider para decir que el trato del norte para con nosotros será muy distinto al que tuvo Trump; como mínimo se pondrá más atención a las formas, pues por lo menos regresaremos a ser el “back yard” (como dijo Biden) y ya no “shithole country” (como dijo Trump).  En materia diplomática, uno debiese ver la cancelación de los convenios de “tercer país seguro” que Trump forzó firmar al gobierno anterior, así como al vecino El Salvador.  Si Biden y los demócratas quieren mostrar buena voluntad y no solo imponer su agenda, creo que ese sería un buen primer paso.  De ahí, podemos hablar en restaurar las relaciones dañadas y recuperar una agenda compartida que por supuesto debe tener como eje central el mejorar las condiciones en Gua/Hon/Sal para que la única oportunidad que tengan cientos de miles de centroamericanos no sea emigrar hacia Estados Unidos.  Eso pasa por crear oportunidades laborales, mejorar las condiciones de salud y de educación, pero, sobre todo, la de seguridad; nuestros países se han convertido en un paraíso para el narcotráfico.  Si a ello agregamos que las condiciones están dadas para que estructuras ilegales corrompan a las autoridades de turno (no solo narco, sino contrabando, evasión fiscal y el consabido expolio en la administración de los recursos públicos) la agenda bilateral y la regional es clara: atajar (atacar) la impunidad.  Cómo se vaya a retomar es de vital importancia; si bien se ha flotado la idea de una suerte de comisión anticorrupción regional, quienes tienen a la Cicig en mente van perdidos, en mi opinión; El Salvador se ha vacunado contra ello con una comisión nacional que no funciona y acá va a estar muy difícil que, con presiones y todo, se logre algo así, debido a la mala experiencia reciente.  Digo mala, porque, aunque la Cicig desveló la realidad nacional en cuanto a muchos de los negocios corruptos de políticos y de sus contrapartes empresariales, también abusó de su posición de impunidad y, hoy, falta que se avance en los casos más emblemáticos que presentó, empezando con el primero, conocido como “la línea”.  Ha habido, claro, atrasos por distintas razones, algunas dentro del marco legal, otras tal vez no, pero el sistema judicial chapín no estaba preparado para casos de esa magnitud y ello ha conseguido ese marasmo en el que los casos están. 

Más allá de casos, refiriéndome a acusaciones penales, lo que la agenda del norte para con nosotros debe buscar es reducir los espacios de discrecionalidad en el otorgamiento de contratos públicos, fortalecimiento de los mecanismos de control y transparencia y una reforma regulatoria en servicio público y sistema de justicia.  Nada nuevo, pero todo pendiente y, si no queremos que nos vengan a intentar imponer desde fuera, más nos vale hacer esas reformas de conformidad con nuestros procesos y nuestra realidad para que no se “importe” la solución y pare siendo inaplicable o, peor tantito, inoperante. 

El proceso no será fácil ni placentero, porque hemos venido dejando para después algo que es necesario para la supervivencia misma del Estado guatemalteco.  Hemos perdido mucho tiempo en una lucha ideológica -real o no- y en tirarnos los platos -con razón o no- antes de dedicarnos a ir arreglando, aunque sea poco a poco, las cosas que están mal. 

En la opinión de éste, su servidor, pretender arreglar todo de una vez, aunque deseable, es imposible y en gran medida es lo que nos ha impedido avanzar.  Esta es, en síntesis, la gran discusión nacional entre “moderados” y “radicales”, ambos grupos que queremos reformas, pero no nos ponemos de acuerdo en cómo.  Ni hablar de los que no quieren reformas; si hay alguien en Guatemala que no crea que son necesarias, cuando menos las reformas antes enumeradas, vive en otro planeta, por no decir algo más altisonante.

Como son tantas las cosas que se han dejado de hacer durante tanto tiempo, es entendible que muchos quieran romper todo y empezar de nuevo.  A quienes piensan así, les tengo malas noticias: ni con el apoyo de don Biden y ambas cámaras del congreso gringo se puede lograr y mucho menos en el corto plazo. Intentar hacerlo así solamente logrará más oposición. 

A modo de ejemplo, si uno lanza a una rana viva, para cocinarla, a una olla con agua hirviendo, esta saltará y se escapará de ser cocinada y comida, pero si se la mete al agua al tiempo y poco a poco se sube la temperatura de la olla, la ranita parará cocinada y ni se habrá dado cuenta. 

Lo que viene es: cambio.  Nada es permanente, todo es cambiante y vaya si necesitamos un cambio.  Cuál sea y cómo sea, depende en buena medida de nosotros.  Lo que se ve venir es: si no cambiamos por la buenas… bueno, usted me entiende. 

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