DE NUEVO, LA COYUNTURA

Mi primer blog del año debía de tratarse de lo que, en mi opinión, es lo más importante a nivel político en el territorio nacional: las elecciones generales; sin embargo, la permanente coyuntura nos abruma y no nos permite ponerle atención a lo realmente importante.  Creo que es necesario que quienes manifestamos nuestra opinión por diferentes medios lo hagamos acerca de los hechos ocurridos durante el fin de semana a raíz de la decisión de las instituciones de gobierno encargadas del control migratorio, puntualmente la decisión de no dejar entrar al territorio al investigador (¿?) de Cicig, Yilen Osorio.  Asumo que si me leen es porque tienen interés en el que hacer político y tratan de estar al tanto de los avatares de éste, pero para quienes no, trataré de ser sumamente breve en un resumen de los antecedentes.

El gobierno decidió tiempo atrás retirarle la visa de cortesía (no indispensable para trabajar en la Comisión, pues no es una visa de trabajo per se) a 11 trabajadores de Cicig y a algunos de los familiares de estos; no contentos con ello, la autoridad migratoria decidió su expulsión del país en no más de 72 horas a partir de aquella otra decisión.  Coincidiendo con el descanso de fin de año, más que el ruido de la noticia, la decisión no tuvo mayores efectos pues los afectados se disponían a salir del país de todos modos -o por lo menos eso fue lo que se dijo- para pasar las fiestas en sus lugares de origen.  Las decisiones gubernamentales provocaron acciones judiciales que en resumidas cuentas ordenaban al gobierno a cumplir con lo resuelto anteriormente por la Corte de Constitucionalidad y otros juzgados, en el sentido de no impedir de forma alguna el libre ingreso de los trabajadores de Cicig y que por lo tanto, debiese emitirse las visas de cortesía.

El sábado 5 el investigador Osorio es retenido en el aeropuerto La Aurora y se le disponía expulsar del territorio en un vuelo hacia El Salvador.  Lo que ocurrió desde ese momento hasta las primeras horas de la noche del domingo 6 es otro capítulo en la pugna entre el gobierno y el ente sui generis de Naciones Unidas.

Comienzo entonces mi opinión (análisis) acerca de este último capítulo con dos premisas, si se quiere:

  • La Corte de Constitucionalidad, en reiteradas ocasiones, ha emitido resoluciones que no han estado apegadas a Derecho, mucho menos a la Ley.
  • Las decisiones de la Corte, aunque constituyan violación a normas positivas y vigentes, deben acatarse.

¿Cómo se concilian esas dos premisas que en principio son contradictorias?  Esa es la discusión que, en la asepsia de la academia y en la suciedad de las redes sociales se viene dando, en mayor o menor grado. 

Se ha venido repitiendo hasta la saciedad que de conformidad con el artículo 156 de la Constitución, ningún funcionario o empleado público, civil o militar, está obligado a cumplir ordenes manifiestamente ilegales o que impliquen la comisión de un delito y ese es el grito de batalla para instigar a las autoridades del ejecutivo a no hacerle caso a lo resuelto por la CC.  En mi opinión, es incorrecto.  Los constituyentes, en medio de su tontera, -como dice un amigo- dejaron a la CC como un ente que sería integrado por ángeles, arcángeles o querubines y no por seres humanos que, aunque muy preparados y bien intencionados, cometerían errores por culpa o con dolo, en cuyo caso dejaron muy pocas o nulas posibilidades de remedios judiciales/jurídicos para los yerros de esa Corte.  En mi opinión, el recurso que queda no es la desobediencia de resoluciones -que no sean manifiestamente ilegales, claro- sino que se debe buscar la deducción de las responsabilidades administrativas, civiles y penales de los magistrados que hayan resuelto contrario a Derecho, y quién sabe, hasta cometido el delito de prevaricato.  Ese es tema de uno u otros tantos artículos, pero no es menester ahondar en ello ahorita.

Regresando al caso concreto, el gobierno pretendió mediante una serie de argucias leguleyas no acatar el fallo de la Corte y no dejar entrar al tal Osorio.  El resultado ya lo conocemos.

Sin pretender ser gran analista, estratega, adivinador u oráculo, me resultó muy fácil desde el principio ver el resultado que finalmente tuvo: la CC reiteró su resolución -con el atinado voto disidente de la magistrada presidente- y al gobierno no le quedó otra que acatar y dejar entrar al investigador.  Si los asesores gubernamentales no pudieron prever ese final, francamente no merecen la chamba. A menos que estuviesen dispuestos a medidas de hecho, el resultado era previsible.  Desgaste innecesario. 

El fin de la Cicig está decidido y será al final del actual período que vence en septiembre de este año; si será con Iván acá o en la pantalla de un televisor todavía está por verse, pero luego del capítulo del fin de semana, pareciese que tendrá más valor de venir a pesar de la decidida oposición del gobierno. 

Se menciona que el gobierno pretende denunciar el acuerdo de creación de Cicig -en mi opinión ese no es un camino viable- y deshacerse de una buena vez de la Comisión; ya hay rumores que la Canciller se reunirá con el Secretario General de Naciones Unidas el día de hoy. Ojalá la materia de la conversación se haga público. 

Estando a muy pocos días de la convocatoria a elecciones, creo que debemos enfocarnos en el proceso electoral, en los candidatos y la consistencia de sus propuestas y el rol que jugará el Tribunal Supremo Electoral ahora que tendrá la “colaboración” de la Cicig que ya sabemos que, si se le permite, entra hasta la cocina. 

Entró uno, faltan 10 de los declarados indeseables de Cicig, más Velásquez; si sucederá lo mismo que con Osorio es no un asunto jurídico/judicial -porque de ser así ya sabemos como terminará- sino político. 

Tanto el ejecutivo como las cortes, y el Secretario General de Naciones Unidas deben sopesar lo que están dispuestos a hacer por una comisión que tiene sus días contados; como siempre, quienes estamos al margen de todo ello somos los más afectados; lo que no rima es la grima que da que para todo esto, el presidente pareciese no estar en su puesto (me salió en verso y sin esfuerzo).

¡Estamos jodidos, todos ustedes!

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