REFLEXIONES LUEGO DE UN VIAJE (y 2)

Lo viejo y lo nuevo en coexistencia, o ¿habrá que destruir lo anterior?

 Continúo con algunas reflexiones que me surgieron luego del viaje que comencé a contarles la semana pasada y algunas otras a raíz de acontecimientos ocurridos en nuestra querida Guatemala en días recientes. 

Me dio mucho gusto poder llevar a mi esposa e hijo a conocer algunos íconos y atracciones turísticas de la Ciudad de México, como por ejemplo el monumental Zócalo, algunos palacios del Centro Histórico, la Basílica de Guadalupe (la nueva y la vieja), pasear un poco por Condesa y Polanco y el día antes de partir, fuimos al zoológico de Chapultepec y paseamos un poco por el precioso parque en donde tuvimos la suerte de participar en una exposición en el jardín botánico, el que se re inauguró de algún modo, pues se le añadieron varias nuevas exposiciones, así como talleres, ventas y charlas que se llevaron a cabo ese fin de semana.  Por cierto, en este último evento pudimos ver que en el participaban simultáneamente todo tipo de gente; jóvenes y adultos mayores, mujeres, hombres y niños, pero sobre todo lo importante acá es que se podía “echar de ver” que había individuos de variada extracción social.  Convivían y participaban en las actividades ricos y pobres -y bastante clase media- por igual.  Tampoco es que fuera Utopía, pero eso es algo que acá no se ve casi nunca.  Tal vez solo en domingo en Pasos y Pedales, maravilloso programa social de la Municipalidad de Guatemala que instauró el recientemente fallecido alcalde y expresidente Álvaro Arzú, de quien me referiré más adelante. Precisamente en Pasos y Pedales -salvando las diferencias- es que pensé al participar en aquella actividad.  Un espacio, aunque sea temporal o esporádico, en el que puedan converger todo tipo de personas sin animadversión.  ¿Ustedes han ido a Pazos y Pedales? Yo sí, y es muy bonito. Hay de todo, familias con sus mascotas, personas que van a disfrutar del esparcimiento, algunas ventas, vacunación gratuita de mascotas, y hasta de gente que sale a hacer deporte en serio ¡en domingo! 

Pues allá, imagínense eso solo que una actividad un tanto más cultural, pero con el mismo espíritu. Debe haber acá más iniciativas como esa.

El zoo es de entrada gratuita y francamente solo tiene una atracción fuera de serie:  los osos panda (los únicos en Latinoamérica) Por lo demás, el zoo está descuidado y hay algunos especímenes que dan profunda tristeza, como los dos zorros árticos que están en un espacio confinado y en condiciones que no son las de su hábitat natural; se les ve sofocados y enfermos. Francamente fue una escena que arruinó nuestro recorrido.  Los osos panda -que están en muy buenas condiciones- fueron un espectáculo que valió la pena, salvo la tristeza de ver muchos otros que no están en las óptimas. 

El bosque de Chapultepec es uno de los parques urbanos más grandes del mundo (ciertamente lo es en el hemisferio occidental) y en su interior hay muchas atracciones, como un lago en el que se puede hacer una pequeña travesía, varios museos (el Museo Tamayo, el de Historia Natural, el Museo del Niño y el incomparable Museo de Antropología e Historia, entre otros) además de algunas exposiciones exteriores, monumentos y fuentes; es imposible admirarlo todo en un día. 

Al visitar y recorrer la antigua basílica de Guadalupe, como también la catedral metropolitana de la CDMX -acrónimo de Ciudad de México- se puede percibir el hundimiento que han sufrido esas inmensas estructuras.  Construidas ambas en varias etapas, la catedral se empezó en 1571 y la basílica en 1622; erigidas sobre terreno pantanoso -la catedral más que la basílica- ambas antiguas e imponentes estructuras se han venido hundiendo y desde que existen medios tecnológicos para intentar salvarlas, se han hecho todo tipo de esfuerzos para ello.  Caminando por esos oscuros y torcidos pasillos, no pude dejar de pensar en Guatemala y sus igual de viejas, a veces oscuras y a veces torcidas instituciones. 

Esta sociedad en la que vivimos tiene estructuras que fueron erigidas hace mucho tiempo y sobre terreno fangoso.  Me refiero, por supuesto, a algunas estructuras sociales, no tanto a edificaciones. Igual que aquellas edificaciones, las estructuras chapinas se vienen hundiendo poco a poco desde hace algún tiempo y por más esfuerzos que se hagan -con enorme inversión de recursos- su aspecto torcido no se puede componer.  A pesar de que están torcidas, miles y miles de personas todavía acuden a ellas y no les importa su aspecto; les importa más lo que conocen; en lo que confían.  No importa si son anacrónicas, son parte de la cultura.  Así son algunas estructuras chapinas del mundo empresarial, del social y por supuesto del político: viejas, torcidas y a veces oscuras estructuras que a pesar de terremotos -reales y figurativos- han resistido el embate a lo largo de los siglos. Estructuras más modernas han caído antes que las viejas y eso debe enseñarnos algo también.

Acá, hay quienes quisieran demoler todo lo antiguo y construir -según su parecer- cosas nuevas que reemplacen a las anteriores.  Eso hicieron precisamente los conquistadores que, en alrededores del Tepeyac, sobre el templo a Tonantzin (la diosa madre) construyeron la basílica de Guadalupe (la madre de Dios).  Por supuesto, no es casualidad que así lo hicieran.    Por toda América, los conquistadores hicieron lo mismo, construyeron iglesias católicas sobre templos de los dioses de los pueblos americanos, significando así dos cosas: 1) la conquista, el dominio y 2) aprovechar que ese ya era un lugar de culto para que siguieran yendo allí, solo que ahora a rendirle culto a la deidad católica.  Ingeniosos ¿verdad?

Los españoles, los conquistadores sí demolieron las estructuras anteriores y se les ha criticado -y se les seguirá criticando- por haberlo hecho.  En el caso de la basílica que se hunde, se decidió construir otra, nueva, pero sin demoler la vieja.  Lo viejo y lo nuevo puede coexistir armoniosamente. 

Acá algunos -sobre todo los “progres”- abogan por deshacer lo viejo y construir “puro nuevo”. Sin ánimo de hacer señalamientos innecesarios -e inexactos- no se puede sino advertir un cierto olorcito; si lo hacen a sabiendas o no, es otro asunto, pero no se puede dejar de percibir, aunque sea leve, el hálito de Carlitos -ya saben, aquel que con sus ideas ha causados millones y millones de muertes en todo el mundo-.  Si hay que hacer cosas nuevas, si hay que poner en práctica nuevas formas y nuevas ideas ¡que por supuesto que hay que hacerlo! no es necesario destruir lo viejo; mientras caminaba por las calles de la CDMX y apreciaba las casas monumentales del porfiriato junto a modernas edificaciones, o admiraba la moderna basílica al lado de la vieja, no podía dejar de pensar es qué habría pasado con todo aquello si hubiese quedado en manos de estos “moderno pensadores”; seguramente habrían destruido todo lo anterior para construir, según sus gustos, algo nuevo que, como pasó con muchas de las estructuras del siglo XX, cayeron con los terremotos, mas las viejas edificaciones siguen en pie -sigo hablando también en forma figurativa, no se me pierdan-.

Es indiscutible que, por ejemplo, el Cacif ya no es lo que era; ya no agrupa a la mayoría de las empresas y empresarios chapines.  Tampoco sus productos son los que mueven la economía nacional -los productos no tradicionales los pasaron hace rato, ya no digamos las remesas- y para acabarla de joder, ya ni siquiera tienen el “pull” político que una vez tuvieron.  Pero no por ello hay que abolir el Cacif, por ejemplo. Han surgido nuevas agrupaciones empresariales y/o políticas que sin pretender destruir al Cacif, hacen buena parte de lo que antes hacía aquel (incidir en políticas públicas, representar a determinado gremio, etc.)  Pero acá y ahora el radicalismo parece haber poseído el zeitgeist chapín y si no es acabar con lo viejo e imponer lo nuevo, no va. Nótese que es imponer, porque para los aquellos, aunque hablan de crear consensos y todo eso, si no es como ellos dicen, no va. Los que somos moderados, de uno u otro lado del espectro político, parecemos apestados porque abogamos por una transición y coexistencia, pero lo que los radicales quieren es otra cosa. Lamentablemente, así parece que va el asunto.  Ojalá que luego de tanta turbulencia, las aguas lleguen a su nivel y el averiado barco que es Guatemala pueda navegar con éxito; eso si, en aguas bravas, se hunde. ¡Eso que ni qué!

 

Álvaro Arzú

 

No puedo dejar de comentar, aunque sea brevemente, la muerte del múltiple veces alcalde capitalino y expresidente de Guatemala.  Más allá de las bromas -algunas de pésimo gusto- de la forma y momento en que murió, así como los efectos de su ausencia, la gran ¡gran! mayoría de guatemaltecos reconocemos en él un líder sin igual que hará mucha falta. 

Yo, más que en su muerte, me enfoco en su vida que se me ocurre describir como plena.  No todos tenemos el privilegio de poder describir nuestra vida así.  Lo que se propuso, lo hizo.  Lo que hizo, lo hizo bien -o por lo menos como se lo propuso- y, además, es que hizo muchísimo, tanto en el ámbito político como en el personal y el familiar.   

El hecho que usted me esté leyendo ahora -sobre todo si lo hace en su móvil- es solo gracias a su visión y su terquedad de desmonopolizar las telecomunicaciones, abrir el mercado eléctrico y liberalizar la economía.  Claro, los seguidores de Carlitos hablarán pestes, pero solo comparen Cuba, o Corea del Norte -tan de moda por estos días- para ver la diferencia entre lo que logra una economía abierta y otras cerradas. 

Caudillo indiscutible de la derecha guatemalteca, ese revolcado que mezcla a conservadores y algunos liberales también, pero que engloba el rechazo a ideologías colectivistas trasnochadas de izquierda (a pesar de ello, su gobierno contó con connotados ex guerrilleros)

En el ámbito personal, lo poco que se supo -o que se supuso- es que donde ponía el ojo, ponía la bala.  Éxito tras éxito.  No tuvo necesidad de lujos ni oropel, vivió una vida digna.  Con todos los recursos a su disposición, no usaba seguridad aparatosa o vehículos blindados -cosa que estoy seguro de que enfurecía a algunos izquierdosos, que ansían ostentar un cargo público para poder hacerlo- y, aunque les duela, tenía mucha, pero mucha más afinidad con las clases populares que lo que ellos -los izquierdosos-  jamás podrán tener, hagan lo que hagan. 

Errores, los tuvo como todo ser humano; imponer a su esposa, por más bien intencionada que sea -que lo es- como candidata presidencial, fue un error que le señalamos tanto en público como en privado, pero él, digno descendiente de vascos jamás lo aceptó como error -por lo menos en público-. 

Como nota personal, le tuve admiración y aprecio y estoy seguro de que hará más falta en lo sucesivo porque, le duela a quien le duela, no hay actualmente otro líder político como él. Si representaba a la “vieja política” como dicen sus detractores, yo les riposto: ¿ah si, y quién es ese líder de la “nueva política”? ¿Hay acaso alguien -progre, por ejemplo- que pueda llenar esos zapatos?  La respuesta, estoy seguro de que usted, querido lector, la sabe de sobra. 

A su familia le deseo cristiana resignación y que se inspiren en la vida de su padre para tomar coraje y continuar lo que dejó inconcluso.  Eso me ha servido a mi, estoy seguro de que les servirá a ellos. Como dice un querido amigo: ¡21 cañonazos para usté, don Álvaro Arzú!

 

 

 

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